En el universo académico-periodístico de este país se habla mucho sobre las elecciones del 10 de abril, y con justicia, porque eso de tener que levantarse a ejercer el voto bajo pleno fenómeno del Niño merece estudios psicosociales. Pero nos hemos olvidado de Ollanta Humala – su mérito más grande en cuatro años; el bajo perfil.

Las últimas imágenes del Presidente lo muestran con una mirada solemne, apática. Yo pensé, como ustedes, que era debido a la nostalgia de la nostalgia que se aproxima, y la literatura se quiere apoderar de algo tan simbólico: el realismo mágico de saber que no cambiaste nada en un país siendo Presidente. La vieja política ha de rescatar que hoy el individuo más poderoso de la nación no es quien la maneja, sino quien la vende. Además el dinero no habla, sino insulta.

Pero a los mártires hay que buscarles milagros para ponerles halos y capillas (hay quienes van más allá: se les buscan profecías de izquierda), y a Ollanta Humala le hemos querido buscar razones para no ruborizarnos. Al fin de cuentas al Presidente lo elegimos nosotros, y lo de la Primera Dama ya viene a ser una prueba ultrasonido para descubrir el sexo. Y Nadine Heredia ha sido muchísimo sexo, pero el freudiano, ese que define al sexo como poder.

La semana siguiente, luego de la pretensión atrevida de democracia, Ollanta Humala sabrá que no solo ha sobrevivido al país, sino que el país le ha sobrevivido a él. Tal es el hecho que deberíamos revisar la Constitución y nuestro ideario, porque si tu equipo juega muy bien con los que están, alguien ha de cuestionarse si es necesario sacar a Rakitic para meter a Arda, a Keiko o a Pedro Pablo.

El piloto automático que heredó Humala le ha salvado de una desgracia tremenda; una desgracia que alguien más empezará a cargar desde el 28 de julio de este año. En su mirada hoy se concentra el alivio de quien mira a los medios destrozar a los candidatos día tras día y en un rastro pavloviano piensa «buff, ese pude haber sido yo». Lo mismo que Bielsa con Gareca estos meses. Los últimos movimientos del mandatario evidencian una anemia rutinaria, envejecida con los desfiles de Fiestas Patrias y las agendas y los peritos. Y poder convertirse en una estatua y pueda seguir gobernando como lo ha hecho todo este tiempo, sin que nadie se fije en él salvo para una foto de Instagram o un grupo de alumnos de primaria.

A Ollanta Humala le he echado de menos desde que salió elegido, pero ahora más que nunca porque hay juicios que esperan y en cuatro años el agua hierve bien. Y es que en la mirada de Humala está aquella frase mítica de García Lorca; “como no me he preocupado de nacer, no me preocupo de morir.” Vivir ha sido muy poco – el pacto matrimonial le ha dejado la vida a medias -, y en la muerte le debe dar lo mismo quien será Presidente de la República el próximo 28 de julio. Porque ese día pierde la inmunidad, el trabajo, y la indiferencia con la que se puede andar en esta vida si a uno lo prefieren antes que el fujimorismo o el APRA.

Dejar respuesta