Gonzalo Ramírez de la Torre
Director General de Lucidez. Periodista . Autor del libro "Crónica Amazónica" gonzalo.ramirez@lucidez.pe

No se puede ser de izquierda en el Perú sin odiar la Constitución de 1993. Es un ingrediente fundamental, casi tanto como ser fan de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR) y considerar la reforma agraria un “acto de justicia”. Por este motivo la verbalización del sueño de la reforma constitucional, por parte de algunos candidatos a la presidencia, no es nueva en nuestra política. En el debate electoral tuvimos la más reciente exposición de dicha perorata, esta vez presentada por Gregorio Santos y Verónika Mendoza.

La candidata del Frente Amplio justifica su promesa diciendo que dicho cambio tiene que hacerse por “dignidad” porque la carta actual “se dio durante la dictadura fujimontesinista”. Y dicha justificación también es típica – pese a que esta Constitución es la que más gobiernos democráticos nos ha permitido tener–.

No obstante, los reparos con respecto al origen no son lo que verdaderamente lleva a los izquierdistas a buscar el cambio. Este se sustenta, más bien, en que hay muchas características de dicho documento que hacen que cualquier zurdo frunza el ceño en desaprobación, por ejemplo: el establecimiento de un régimen que limita la participación del Estado en algunas actividades, la promoción de la inversión privada extranjera y nacional, garantías para la propiedad, la libertad de ahorrar en moneda extranjera, etc.

En esa línea, el sueño de la izquierda es el de una constitución donde el Estado tenga un rol mayor y no el subsidiario al que, felizmente, se le limita hoy. Con este propósito muchos han hablado de un retorno a la Constitución de 1979, entre ellos, los nacionalistas, a los que perteneció la candidata Mendoza. Cómo olvidar cuando, al hacerse del poder en el 2011, como pecheando a todos, juraron por esta Carta ante la protesta airada de muchos parlamentarios (recuérdese el espectáculo protagonizado por Martha Chávez).

La candidata del Frente Amplio no ha aseverado que quiere un retorno a la Constitución de 1979, pero sí ha hablado de una donde se fortalezca el rol del Estado en la economía, que era lo que, en efecto, lograba dicha Carta. Los números hablan por sí solos para ver los efectos de constituciones de este tipo en nuestra economía. Un estudio del Instituto Peruano de Economía (IPE), que compara algunos indicadores económicos en el periodo 1979-1992 (cuando estaba en vigencia la constitución anterior) con los del periodo 1993-2010 (regido por la constitución actual), lo deja clarísimo.

Por ejemplo, con la de 1979 tuvimos una inflación promedio de 277%, mientras que con la actual ha sido de 4,6%. La producción por habitante pasó de -2,1%, con la carta anterior, a 4,6%, con la de 1993; la inversión privada de -0,1% a 8,3% e incluso la inversión estatal creció, pasando de ser 1,5% a ser de 7,2%.

Verónika Mendoza no niega el crecimiento económico que se ha dado en el periodo de vigencia de la Constitución actual, pero considera que el desarrollo reciente en el país se debe, más bien, al trabajo y al sacrificio de los peruanos. Sin embargo, mezquinamente, no nota que es justamente por el modelo económico amparado por la Carta de 1993 que dicho trabajo y sacrificio se han podido traducir en crecimiento ¿o acaso los peruanos no trabajaron y se sacrificaron mientras estaba vigente la constitución anterior?

Duela cuanto le duela a la izquierda el crecimiento no se ha dado a pesar de la constitución, sino gracias a esta.

Empero, sin importar las promesas reformistas que pueda hacer Mendoza, estas parecen estar más cerca de quedar en nada si llega al poder. Un cambio de constitución implica el apoyo mayoritario del Congreso, cosa de la que carecerá si se mantiene la fuerza que el fujimorismo ha ostentado a lo largo de toda la campaña. Pero claro, no debería sorprendernos si para poder cumplir con su palabra la candidata apela a métodos más ‘fujimontesinistas’ de los que está dispuesta a reconocer.

Lucidez no necesariamente comparte las opiniones presentadas por sus columnistas, sin embargo respeta y defiende su derecho a presentarlas.

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