El humano es, por naturaleza, un ser libre y es imperativo que en el transcurso de su existencia luche por salvaguardar esa libertad que por su esencia le corresponde tener. Así, en el camino a construirse como individuo, la persona tiene que poder elegir. Elegir qué estudiar, elegir en qué trabajar, qué comer, a quién amar. La libertad de una persona solo puede estar limitada si en el ejercicio de esta, se atenta contra la de otra.

En el marco de la ‘Marcha por la Vida’, llevada a cabo el sábado pasado, miles de personas salieron a las calles para exigir la defensa de la vida. Es una lucha que se asocia, en muchas ocasiones, con la religión, no obstante es una que debería interesar a todos aquellos que defienden la libertad. En este caso se trata de la libertad de aquel individuo que, débil y vulnerable, no puede luchar por sí mismo y que en muchas ocasiones perece por decisiones que no son las suyas y que, en consecuencia, es privado de poder construir su futuro.

La defensa de este derecho no implica desconocer los motivos que, en algunas circunstancias, llevan a las personas a abortar. Por ejemplo la violación, un crimen nefasto que merece ser castigado con todo el peso de la ley, un atentado tiránico contra una mujer que, sin embargo, no debería resultar en el perjuicio de un tercero inocente. Marchas como las del sábado deberían servir para que se trabaje con mayor seriedad para prevenir la ocurrencia de violaciones y, al mismo tiempo, incentivar un acompañamiento médico y psiquiátrico a todas las mujeres que pasan por este trance.

También debería servir como incentivo para que, en las instituciones educativas, se enseñe a llevar vidas sexuales saludables, donde se enseñe a prevenir embarazos y no a terminarlos de manera sangrienta.

La vida es el ingrediente indispensable para el ejercicio de la libertad y la muerte anticipada es, en consecuencia, el peor enemigo de este ejercicio.

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